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lunes, 20 de junio de 2016

Poemas cortos para el día del maestro.













Profesor viejo – Poema de un maestro jubilado

Profesor viejo, hundido en el clamor
y una vida ya entregada por vocación;
llagas del verbo entregado y un dolor,
algún recuerdo de lo que fue la misión..

El profesor de setenta aquel gigante,
pausado es su caminar, herida su piel,
clamor y quejido del instante
el cuerpo ya cansado no le es fiel.

Antes que te vayas, profesor forjador,
y el yunque hayas dejado con dolor,
y te conviertas en paria del olvido,
recuerda los destellos del aula y su clamor,
antes que la fría loza te llame, lugar temido.
Sólo el alumno deja en ti triste dolor
cuando te alejas del aula entristecido.

Profesor viejo, hoy te plasmo aunque te hiera
el recuerdo de alegrías que se fueron,
deseo plasmar el sentir a mi manera
para expresar tus verbos que en mi florecieron.


Germán Echeverría Aros





Enseñaras a volar
pero no volaran tu vuelo
Enseñaras a soñar
pero no soñaran tu sueño
Enseñaras a vivir
pero no viviran tu vida...
pero sabras que cada vez que ellos
vuelen ,piensen,sueñen,canten,vivan,
estara lo sencillo del camino
enseñado y aprendido .

Madre Teresa de Calcuta





A LA MAESTRA

Es en la escuela otra madre
que orienta con sus consejos;
es experta sembradora
de nobles conocimientos;
es mano suave que guía
y es luz que alumbra senderos.
Es, en suma, la maestra,
manojo cálido y tierno
de bondadosa paciencia
y de maternal afecto.
A LA MAESTRA

Publio A. Cordero


Maestros los encargados
de darnos buena educación,
ellos nos han enseñado,
con paciencia y con amor.

Predicando con su ejemplo,
trasmitiendo sabiduría,
nos enseñaron valores,
nos formaron en la vida.

Y aunque pasen los años
conservamos sus enseñanzas
los consejos que han dado
en el corazón guardamos.


Delia Arjona

La maestra rural 




La Maestra era pura. «Los suaves hortelanos», decía, 
«de este predio, que es predio de Jesús, 
han de conservar puros los ojos y las manos, 
guardar claros sus óleos, para dar clara luz».


La Maestra era pobre. Su reino no es humano. 
(Así en el doloroso sembrador de Israel.) 
Vestía sayas pardas, no enjoyaba su mano 
¡y era todo su espíritu un inmenso joyel!


La Maestra era alegre. ¡Pobre mujer herida! 
Su sonrisa fue un modo de llorar con bondad. 
Por sobre la sandalia rota y enrojecida, 
tal sonrisa, la insigne flor de su santidad.


¡Dulce ser! En su río de mieles, caudaloso, 
largamente abrevaba sus tigres el dolor! 
Los hierros que le abrieron el pecho generoso 
¡más anchas le dejaron las cuencas del amor!


¡Oh, labriego, cuyo hijo de su labio aprendía 
el himno y la plegaria, nunca viste el fulgor 
del lucero cautivo que en sus carnes ardía: 
pasaste sin besar su corazón en flor!


Campesina, ¿recuerdas que alguna vez prendiste 
su nombre a un comentario brutal o baladí? 
Cien veces la miraste, ninguna vez la viste 
¡y en el solar de tu hijo, de ella hay más que de ti!


Pasó por él su fina, su delicada esteva, 
abriendo surcos donde alojar perfección. 
La albada de virtudes de que lento se nieva 
es suya. Campesina, ¿no le pides perdón?


Daba sombra por una selva su encina hendida 
el día en que la muerte la convidó a partir. 
Pensando en que su madre la esperaba dormida, 
a La de Ojos Profundos se dio sin resistir.


Y en su Dios se ha dormido, como un cojín de luna; 
almohada de sus sienes, una constelación; 
canta el Padre para ella sus canciones de cuna 
¡y la paz llueve largo sobre su corazón!


Como un henchido vaso, traía el alma hecha 
para volcar aljófares sobre la humanidad; 
y era su vida humana la dilatada brecha 
que suele abrirse el Padre para echar claridad.


Por eso aún el polvo de sus huesos sustenta 
púrpura de rosales de violento llamear. 
¡Y el cuidador de tumbas, como aroma, me cuenta, las 
plantas del que huella sus huesos, al pasar!

Gabriela Mistral